Yo no aborté, yo parí a mi hijo

 

Con conciencia plena, con desesperación. Tras muchas horas de inducción, con contracciones, con dolor.

 

Parí a mi hijo a pesar de que deseaba una cesárea. Lo parí, tras muchos argumentos a favor del parto, después de que la matrona me diera un consejo vital: “a tu hijo lo vas a llevar contigo toda tu vida, pero no necesitabas una cicatriz que te recuerde lo que ha pasado cada vez que te mires al espejo”. Y parí, descubriendo que el dolor que más duele es el del alma. Con la seguridad que me dio mi ginecólogo, que me facilitó el camino. Que me ayudó a sentirme capaz, a ser fuerte. Di a luz yo, pero él y su equipo me arroparon tanto que hicieron la travesía mucho más llevadera.

 

Parí a mi hijo sabiendo que estaba muerto, no sufrí un aborto.

 

El aborto se produce antes de las 22 semanas se gestación. A partir de ahí, hablamos de muerte perinatal. La deshumanización que existe en torno a nuestros embarazos e hijos lleva a englobar a todo dentro del mismo término, aborto, ocurra cuando ocurra, como si, además, abortar fuese algo irrisorio. Como si la línea que separa una cosa de la otra te autorizase o no a sentir dolor.

 

Esas primeras palabras que normalmente vienen del equipo sanitario deben ser cercanas y amables. Una buena palabra o una palabra acertada cambia el rumbo de la historia. Yo deposité toda mi confianza en mi ginecólogo. Contarle mis temores y que me tranquilizara allanaron el camino que me tocó emprender después. Manejar bien nuestra herramienta de comunicación, el lenguaje, es fundamental.

 

Apenas unos minutos después de salir del paritorio, acudió a mí habitación el señor de la funeraria. Pensé que era poco oportuno que viniera con papeles y preguntas en ese momento, me sobrecogía la idea, pero es así el protocolo y lo tuve que atender. Me preguntó el nombre, los apellidos, y lo que quería hacer con el cuerpo de mi hijo. A partir de ahí, se ocupó mi padre, yo no tenía fuerzas. Pero se me quedó grabado el momento en el que el señor anotaba su nombre completo en sus papeles. Uriel del Río García. Quizá, era la primera vez que lo veía escrito en algo oficial. La primera y la última, porque el Estado no nos permite inscribir a nuestros hijos si no han pasado al menos 24 horas con vida fuera del seno materno.

 

Uriel del Río García. La de veces que había pronunciado esta combinación en voz alta para acostumbrarme al nombre completo de mi hijo… Quizá por eso me dolió especialmente que en la documentación que acompañaba a las cenizas, constara “feto de Virginia del Río García”. Me enfadé mucho. ¿Para qué entonces me había preguntado el nombre y lo había anotado? ¿Por curiosidad? Entiendo que a ese señor le daba lo mismo cómo se llamaba mi hijo. Entonces, ¿para qué lo preguntaba? Si luego iban a emplear esa construcción dolorosa de “feto de”.

 

Oficialmente, hasta que un bebé no sale a la vida extrauterina no se le considera niño o bebé, pero aquí me gustaría hacer un alto y dirigirme a los profesionales de la medicina en cuyas manos ponemos nuestra vida, nuestras ilusiones, la confianza, la fe. ¿Qué cuesta llamar al bebé por su nombre, sobre todo si acaba de morirse? Elevarlo a la categoría de persona nos hace mucho bien a sus madres y padres. La palabra feto, aunque sea la correcta, levanta un muro muy alto que parece que separa lo que duele de lo que tiene que doler menos. Quizá les ayuda a despegarse del dolor que ellos también sienten, pero necesitamos que se les llame bebé. Tenga 12 semanas, 23 o 40. Es una cuestión de pura humanidad. Nuestros hijos siempre serán nuestros hijos y en nuestros corazones serán nuestros bebés. Por favor, no les llaméis fetos… Tampoco nos habléis de gramos de peso, ni de probabilidades. Habladnos desde el cariño, el respeto, la empatía. Refiriéndoos a nuestros hijos como nuestros hijos, como nuestros bebés, reduciendo al mínimo la jerga sanitaria que tanta frialdad arroja. Intentando poneros a nuestro lado, no enfrente.

 

Una parte de lo que somos es innata, nos viene asignado en nuestro código genético. Otra, muy grande, viene marcada por la educación que recibimos, por lo que hemos visto y lo que hemos vivido. Así que eduquemos en la empatía, eduquemos en la solidaridad y en el respeto. Para ser un buen profesional, sea la rama que sea, primero hay que ser una buena persona.

22 Comentarios

  • Maria

    Yo parí a mi hija de 23 semanas el 2 de febrero de 2017,es muy duro como te tratan, porque para ellos es una simple intervención y es verdad que no te hablan de tu hijo/a, siempre utilizan el otro término, yo no la vi, la parí con todo lo que conlleva y me durmieron enseguida y ya me desperté en la habitación, en fin, para nosotras siempre serán nuestros bebés, nuestra ilusión y nuestra luz… Nuestras estrellas que brillan en el cielo nos dan fuerza cada día

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